Solo por escribir

Es interesante lo que uno hace, cuando no se tiene otra cosa que hacer. No puedo dejar de escribir, y lo comparto con todos ustedes :)

martes, 21 de agosto de 2018

Lo hice por ti


Ocho de la noche en el Auditorio Central. Todo está listo para la gala: las luces, la música, las participantes. Esta es a noche de Ana; la noche que había soñado desde que tenía nueve años. Ese concurso de belleza seria para ella.

     Se preparó con antelación: hizo dieta, salió a correr, refino sus modales; ¡hasta leyó un libro! Hizo lo que debía hacer. Siguió al pie de la letra las recomendaciones que le había hecho Richard: ese hombre mayor que le daba todo.

     Se levanta el telón; pero falta algo, alguien, para ser preciso: Ana.

     Al otro lado de la ciudad, en una pequeña habitación con poca luz; con solo un par de sillas y una mesa, alguien pregunta Ana por lo sucedido:

     ─Le digo que yo no tuve nada que ver, todo fue gracias a él. Comentó Ana mientras se peinaba el cabello con los dedos. ─Él ya estaba así desde temprano. Me dijo que le dolía el pecho; que no podía mover el brazo y que necesitaba ir al hospital. Me pidió que lo llevara; pero le dije que no podía porque esta es mi noche. Él lo sabía: sabía que no me la podía arruinar y por eso decidió morirse, eso creo, es que él me amaba mucho.


Alfredo Martinez Pizano

miércoles, 8 de agosto de 2018

Está por llegar

─Ahí están otra vez, felices e ingenuos─ comentó el gordo Zúñiga a su secretario, mientras observaban el alboroto a través de la ventana.

─Este clima es horrible, no sé cómo la gente se puede llenar de esperanza─ repetía con trémula voz.

En las calles se sentía júbilo por el año venidero. Sabían (o pensaban), que la vida se renueva y que para cada nuevo año hay una nueva oportunidad.

Pero no era así para el gordo Zúñiga. En medio de la algarabía, él solo pensaba en los seis meses de vida que le auguró el médico cinco meses atrás.

Ese invierno será el último para él.


Alfredo Martínez Pizano

viernes, 3 de agosto de 2018

Apóstata


Sin ambages abjuró en medio de la algazara. Estaba demás; pasó demasiado tiempo soportando el encono y tenía el espíritu alicaído. Se prosternó versus la caterva implorando perdón.

Su perorata era clara, pero la ignominia cometida transgredía los principios morales.

Detalló los pormenores de las vicisitudes declarándose impío: aceptó haber copulado con media docena haifas;   enervado en mente y espíritu, sucumbió a la concupiscencia.

Cavilando, sabía que ahí no había lugar para hombres epicúreos como él.

Obnubilado y lleno de vesania, sintió el emético miasma recorrer su garganta hasta excretar todo lo que había en su interior. De un exabrupto tomó la patena, la afiló y cortó sus venas. Su cuerpo, exangüe y decúbito supino, fue abandonado sin apoteosis ni panegíricos.

Desde entonces, en ese lugar, un cenotafio recuerda el fútil destino para todo zafio  apóstata.


Alfredo Martínez Pizano