Sin ambages abjuró en medio de la
algazara. Estaba demás; pasó demasiado tiempo soportando el encono y tenía el espíritu
alicaído. Se prosternó versus la caterva implorando perdón.
Su perorata era clara, pero la
ignominia cometida transgredía los principios morales.
Detalló los pormenores de las
vicisitudes declarándose impío: aceptó haber copulado con media docena haifas; enervado
en mente y espíritu, sucumbió a la concupiscencia.
Cavilando, sabía que ahí no había
lugar para hombres epicúreos como él.
Obnubilado y lleno de vesania, sintió
el emético miasma recorrer su garganta hasta excretar todo lo que había en su interior.
De un exabrupto tomó la patena, la afiló y cortó sus venas. Su cuerpo, exangüe
y decúbito supino, fue abandonado sin apoteosis ni panegíricos.
Desde entonces, en ese lugar, un
cenotafio recuerda el fútil destino para todo zafio apóstata.
Alfredo Martínez Pizano
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